Para este viaje no necesitábamos alforjas

Corría el siglo XIX y las molestias causadas por personas ebrias se cortaban de raíz: la Policía encarcelaba a quien había bebido hasta que se le pasaran los efectos del alcohol. Con la llegada del siglo XX, el incremento de la movilidad de las personas hizo necesario refinar el sistema hasta lograr la detección precisa de la alcoholemia.

Autor: Josep Camós

Hasta los años cuarenta se medía el nivel de alcoholemia mediante extracciones de sangre. Se tomaban muestras de la persona sospechosa de estar ebria y se enviaban a un laboratorio para su análisis por cromatografía de gases. Hombre, el sistema era fiable, pero no resultaba demasiado práctico. Ni ágil.

Como episodio aislado para la detección del alcohol a través del aliento, tenemos el insólito caso sucedido hacia 1927 en Malborough (Reino Unido). Un cirujano de la Policía, llamado Gorsky, pidió a un sospechoso que inflara un balón de fútbol. De los dos litros de aire que empleó el hombre, 1,5 litros eran puro etanol. El Dr. Gorsky lo explicó de forma tajante: el sospechoso estaba “borracho al 50%”. Sin comentarios.

El primer alcoholímetro data de 1954. Lo inventó un tal Robert F. Borkenstein, que aparece la mar de contento mostrando su ingenio en esta foto que ves aquí y que falleció en el año 2002 en Indiana (Estados Unidos), donde llevó a cabo toda su vida profesional. El caso es que el buen hombre llamó a su etilómetro Breathalyzer, por aquello de que analizaba el aire espirado. El sujeto insuflaba aire a través de un tubo, el aliento burbujeaba en una ampolla que contenía una disolución ácida y se comparaba colorimétricamente con una muestra de control. El resultado era inmediato.

En 1971, Richard. A. Harte empleó los rayos infrarrojos para inventar el Intoxilyzer, que ya te puedes imaginar de dónde sacó su nombre. El invento empleaba la capacidad que tiene la luz infrarroja de absorber el etanol presente en el aire espirado. El intoxilyzer se empleó masivamente en Estados Unidos a partir de mediados de los años ochenta para medir el grado de alcoholemia de los automovilistas.

Con todo, el sistema de luz infrarroja era demasiado impreciso. Ya en los años setenta se comenzaron a utilizar células electroquímicas para la detección del alcohol en aire espirado. Estas células transforman la energía química en eléctrica, de manera que someten el aire espirado a una serie de procesos químicos que al final derivan en impulsos eléctricos.

Actualmente gozamos de los sistemas de detección más precisos, que combinan el uso de los infrarrojos con la utilización de la tecnología electroquímica. Por otra parte, la velocidad de obtención y comunicación de nuestros datos es prácticamente instantánea. No hay espera. Lo que hoy declaramos aquí al cabo de medio segundo es legible en nuestras antípodas. Es el triunfo de la tecnología, el clímax del progreso, el summum de la inteligencia humana.

Y, sin embargo, un conductor bebido mata a una persona, hiere a otra y se le condena a una pena mínima que además será recurrida. Más de dos años son un boleto directo hacia el presidio, pero si el juez que revise el caso rebaja la condena el sujeto podría llegar a eludir la cárcel, por aquello de carecer de antecedentes. Al final, uno se pregunta si no era mejor el sistema del siglo XIX. Ya cantaba Sting que la Historia no nos iba a enseñar nada. Y es que para este viaje no necesitábamos alforjas.

Fuente original: Curvas Rectas

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