La curva diabólica

Hace unos meses me calzaron una multa. Tomé a 123 kilómetros por hora, en la autovía de Madrid a Sevilla, una curva suave con velocidad limitada a 100. La pagué sin rechistar, aunque esa curva era imposible tomarla a la velocidad indicada.

Autor: Arturo Perez Reverte

Iba yo a mi marcha normal, en una recta, atento a que la aguja del velocímetro no superase los 120 kilómetros por hora; y de pronto, mientras adelantaba a otro coche, me encontré con el inesperado cartel de todo a cien. Mientras intentaba reaccionar ante la señal imprevista, miraba por el retrovisor, concluía el adelantamiento y regresaba al carril derecho, un radar oculto me hizo la foto. Pagué, como digo, sin darle más vueltas; aunque preguntándome a qué hijo de la gran puta de la Dirección General de Tráfico se le había ocurrido poner una limitación de 100 kilómetros por hora y un radar oculto en un lugar donde maldita la falta que hace, y donde hasta los más correctos conductores tienen difícil reducir de pronto veinte kilómetros la velocidad sin dar un frenazo. Recuerdo que antes había –todavía queda alguna, aunque pocas– señales cuadradas, azules, recomendando reducir la velocidad en algunos tramos. Pero no es lo mismo, claro. Con recomendaciones no se expolia al ciudadano. No se recauda viruta.

En mi siguiente viaje a Andalucía, hace una semana, decidí respetar escrupulosamente cada señal que se pusiera a tiro: autopistas a 120, curvas de autovía a 80 y demás parafernalia limitadora. Y ya se lo pueden imaginar: mientras por mi lado pasaban zumbando coches abonados al carril izquierdo, con una seguridad pasmosa, basada, supongo, en los Gepetos, o como se llamen, que te chivan «radar en curva tal, limitación en tramo cual, puticlub en vía de servicio», yo iba como un gilipollas, despacito, doliéndome los ojos de mirar el velocímetro. Más atento a la aguja que a la carretera. Si llega a verme la Guardia Civil, me paran a fin de besarme en la boca. Con lengua. Entonces llegué a la curva diabólica. No era la misma de la multa, aunque se parecía. Esta vez, el funcionario encargado de trabajar el asunto había echado el resto, esmerándose hasta extremos maquiavélicos. Ni mi amigo el Gringo, que montaba emboscadas en Nicaragua con astutas combinaciones de minas Claymore, ametralladoras y fuego cruzado, tenía la mitad del talento que este profesor Moriarty del tráfico por carretera. Primero, al final de una larga recta de la autovía, una señal de limitación a 100 y un aviso de radar obligaban a reducir la velocidad en una curva suave, a cuya salida, en otra larguísima recta, no había ninguna señal de retorno a los 120. Eso obligaba a rodar durante un buen tramo con la incertidumbre de si podías acelerar un poco, o no. Al fin, a los dos tercios de la recta, aparecía el 120. Y justo cuando pisabas acelerador para ponerte a esa velocidad, ante una curva en forma de suave doble ese, una limitación a 100 te hacía frenar de nuevo. Así lo hice. Y lie una pajarraca de cojón de pato.

A ver si me explico. La señal la vi mientras adelantaba a un enorme camión trailer, que rodaba a unos cuarenta metros de otro que lo precedía. Consciente de que si continuaba rebasaría la velocidad permitida, me pasé al carril derecho, entre los dos camiones. Pero éstos no circulaban a 100 kilómetros por hora, sino a más. En un instante tuve un pavoroso y descomunal radiador pegado a la chepa. Incómodo con mi maniobra de conductor ejemplar, el camionero me dio las luces, tocó el claxon y, supongo, mentó a mi madre. Angustiado, asomé un poco a ver si podía, con un acelerón intrépido, adelantar al camión que tenía delante y salir de aquella trampa saducea. Entonces, entre curva y curva, mientras pasaban coches zumbando por mi izquierda sin hacer caso de mi intermitente, vi una señal de limitación a 90. A todo esto, el gigantesco radiador de atrás me desbordaba el retrovisor: lo tenía a un palmo. De perdidos al río, dije. Aceleré adelantando al camión de delante, la aguja subió a 130, y en ese momento vi otra señal de limitación de velocidad, ésta de 80 kilómetros por hora. Frené, ya en el carril izquierdo, poniéndome a 90; y el camión de atrás, que había iniciado la maniobra de adelantarme, soltó otro bocinazo. A esas alturas de la vida ya me daba todo igual, así que pisé hasta 140, me puse delante del primer trailer y frené para reducir hasta 100. El claxon de ese camión hizo vibrar mis cristales. Me hallaba, comprobé cuando al fin levanté los ojos del velocímetro y dejé de mirar el retrovisor, en una sucesión de curvas suaves, pero no tenía ni puta idea de cuál era la velocidad correcta allí: si 80 o 120. Me puse a 90, por si las moscas. Entonces los dos camiones me adelantaron, uno tras otro, y tras ellos la fila de coches que la maniobra había amontonado detrás. Algunos conductores se volvían a mirarme. Ciscándose, imagino, en todos mis muertos.

Ignoro si los picoletos estarían cerca, haciendo fotos o grabándome. De ser así, sugiero colgarlo en Youtube, e ir a medias. Nos íbamos a forrar.

Autor: Arturo Perez Reverte
Fuente: XL Semanal – Número 1153 – Semana del 29 de Noviembre al 5 de Diciembre del 2009

(Por indicación de D. Arturo Pérez-Reverte, confirmamos la autorización para reproducir íntegramente, sin cambios, adiciones ni supresiones, con carácter no exclusivo y por una sola vez, el artículo «La curva diabólica», en su blog)

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3 comentarios en “La curva diabólica

  1. «Pero no es lo mismo, claro. Con recomendaciones no se expolia al ciudadano. No se recauda viruta.»

    Estas tres frases condensan toda la enseñanza y la moraleja de esta historia

  2. Lo peor de todo es que un politico da la orden de expoliar al pueblo porque se necesita pasta, nada nuevo, los politicos siempre han estado haciendo lo mismo, no se ahora de que nos vamos a extrañar.

    La orden llega un alto mando y a mandos mas pequeños, hay que expoliar al pueblo porque hay que recaudar, hasta cierto punto tampoco hay de que extrañarse, en este pais los altos mandos y mandos intermedios pues ya sabemos que ni se inmutan ante esa tramitacion de una orden sea la que sea.

    Y al final de toda esta cadena tenemos a un trabajador expoliando a otro trabajador. Curioso el final de toda esta cadena y mas curioso todavia que ni dios agarre y diga que se va, sino puiede a otro departamento pues deja el cuerpo, porque el no va a estar prestandose a expoliar a otros trabajadores como el.

    Es un tema que siempre me ha sorprendido, que yo me meta a picoleto, complicado pero bueno, pongamos que en un momento dato acabo de picoleto. Si yo tuviera que llegar a esa situacion, pues dos cosas, o me cambian de sitio o dejo el cuerpo, pero yo no expolio a trabajadores iguales a mi.

    Cuando el pueblo expolia al pueblo, algo pasa y es muy grave.

  3. ¿Sabe lo que ocurre Sr. Pérez-Reverte?,… que estamos gobernados y dirigidos por la mediocridad y la ineptitud en este país, y no por auténticos expertos o gente realmente capacitada e inteligente (como debiera ser) para ocupar cargos de enorme importancia, en el gobierno y en otras muchas instituciones tales como la DGT.

    Sí, en mi humilde opinión la mediocridad y la ineptitud es lo que despunta en la política nacional, así como el culto al dinero. Y los resultados, que ya venimos denunciando desde hace tiempo en este blog, saltan a la vista.

    Ud. mismo nos ha explicado como ha sido víctima de todo este desaguisado proviniente de la DGT. Celebramos su artículo, Sr. Pérez-Reverte, con la esperanza de que entre todos consigamos finalmente concienciar a la gente de la torpeza y falta de inteligencia de aquellos que dirigen, no sólo nuestras carreteras, sinó también algunas de las instituciones más importantes de este país, que en mi opinión (y la de millones) se hallan en manos de unos absolutos ineptos.

    Saludos a todos, amigos.

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