Divide y vencerás

Vivimos en una demogresca creciente, de todos contra todos: el obrero contra el empresario, el catalán contra el madrileño, la mujer contra el hombre, el hijo contra el padre. Una demogresca en la que los derechos que nos asisten han extraviado su ingrediente social, para convertirse en armas arrojadizas que enarbolamos contra el prójimo, en quien ya solo vemos un enemigo potencial, dispuesto a inmiscuirse en nuestro ámbito de sacrosanta libertad; libertad que solo puede ejercerse como expresión de aislamiento y desvinculación.

Y esta demogresca creciente, que no es sino impotencia para alzarse sobre un nivel rastrero de polución ideológica e individualismo a ultranza, acaba corrompiendo cualquier posibilidad de entendimiento. Y es que la demogresca, que en épocas de bonanza económica resulta todavía soportable, pues cada quisque puede crearse a su medida un mundo egoísta erizado de alambradas, acaba condenando a las sociedades a su disolución cuando asoma la zarpa de la crisis.

Una sociedad a la greña, en la que faltan los vínculos de auxilio natural que sus miembros se procuran entre sí, puede subsistir mientras fluye el dinero y duran los subsidios administrativos; pero, desaparecidos esos lenitivos del fracaso, no le queda otra escapatoria que el canibalismo.

Paralelamente a este proceso de demogresca creciente favorecido por la polución ideológica, y mientras la gente a la greña se mantenía entretenida, izquierda y derecha consumaron un hábil intercambio de cromos que, a la vez que favorecía un espejismo dialéctico entre ambas, propició una aleación de poder inatacable que garantizaba la perpetuación del sistema.

En este intercambio de cromos, la izquierda reconoció que su modelo económico estaba agotado, abrazándose al modelo capitalista; y, a modo de contrapartida, exigió a la derecha que aceptase definitivamente su modelo antropológico.

La derecha interpretó esta trampa saducea como una victoria, sin percatarse de que la izquierda había hallado en el orden económico postulado por la derecha el campo de cultivo perfecto para su proyecto; pues, al fin y a la postre, el capitalismo, con sus promesas de bienestar y consumismo, satisfacía mucho mejor que el comunismo obsoleto sus propósitos.

Completado este proceso de intercambio de cromos, la izquierda ha podido dedicarse desde entonces a diseñar una sociedad a su medida, donde los paradigmas culturales son de inconfundible acuñación izquierdista; y donde todo intento de propuesta de otros paradigmas adversos es inmediatamente tachado de reaccionario, represor y oscurantista; hasta el extremo de que la derecha ha renunciado a tal propuesta, por evitar el anatema de la izquierda.

Sin apenas darse cuenta, la derecha se ha convertido en conservadora… de las reglas que la izquierda ha dictado; y toda su capacidad de maniobra se ha visto reducida a un patético intento de ofrecer una versión moderada de los paradigmas culturales impuestos por la izquierda… con la peculiaridad de que tal versión moderada es siempre la que la izquierda establece, según su conveniencia.

Por supuesto, esa versión moderada se ha ido desplazando implacablemente hacia donde la izquierda deseaba; y a la derecha no le queda otro remedio sino correr en pos de esa moderación que la izquierda sitúa donde le viene en gana, como un perrillo hambriento corre detrás del hueso que su sádico amo ha atado con un hilo del que tironea, para solazarse con los intentos infructuosos del perrillo por atraparlo.

Ahora vemos cómo se derrumba el orden económico que favoreció esta operación de intercambio de cromos; y, con el derrumbamiento del orden económico, se hace más evidente el fracaso del modelo antropológico y de los paradigmas culturales que se entronizaron, a lomos de su hegemonía.

Tal fracaso no sería trágico si en el cuerpo social halláramos las necesarias energías para reponerse de sus daños; pero la demogresca, entretanto, ha logrado paralizar y aún más: necrosar todo ímpetu regenerador que pudiera florecer en el cuerpo social, desgarrado por querellas intestinas exacerbadas por la polución ideológica reinante.

Ya no existen asuntos indemnes a tal polución; podría afirmarse, incluso, que las diversas formaciones políticas hallan un inescrutable deleite en crear divisiones por doquier, como si la multiplicación de la conflictividad fuese el alimento de su fortaleza. «Divide y vencerás», reza el proverbio; y nunca como hoy se prueba la verdad triste verdad de su aserto.

Juan Manuel de Prada

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