«Una Europa impensable e imposible»: Manuel Zaguirre (Septiembre/2008)

Rescato dos artículos que fueron escritos por Manuel Zaguirre (Presidente de la Unión Sindical Obrera en el año 2008), en realidad es un artículo que se divide en dos partes. Los que tengais ganas de leerlo me dejais un comentario y ya me direis que os parece teniendo en cuenta que esto fue escrito en septiembre del año 2008.

(I). Con la caida del Muro de Berlín y de la URSS y el final de la ‘guerra fría’, irrumpe un orden mundial supuestamente unipolar liderado integramente por EEUU.
(II). Es vital un desplazamiento del centro de gravedad de la Unión hacia la ciudadanía y las instituciones y limitar el poder inmenso de unos mandatarios que aplican al proyecto europeo los mismos tics clientelistas y cortoplacistas que aplican en sus paises.

(I) – NEGROS NUBARRONES SOBRE LA UE

L A actual deriva de la Unión Europea ha encendido todas las alarmas sobre una hipótesis tan indeseable como probable: la Unión puede disolverse como azucarillo en el agua entre la melancolía de un hermoso proyecto histórico que entre todos acabaron por hacer imposible y la impotencia ante una globalización demencial y sin rumbo que asfixia el proyecto europeo y amenaza con extirparle sus mejores singularidades socio-políticas, culturales y morales.

En efecto, preocupan y mucho escándalos recientes como las sentencias de Estrasburgo legitimando el más grosero dumping social y económico dentro de la Unión, o la aberrante ‘directiva de la vergüenza’ criminalizando y tratando como tales a inmigrantes irregulares por el mero hecho de serlo (es usted el que desconoce y yerra a fondo en este tema, señor presidente), o el proyecto de directiva que permitiría ampliar la jornada laboral hasta 65 horas semanales, remitiendo así esta cuestión vital sobre el valor central del Trabajo a los tiempos previos a la revolución industrial o a la construcción de las catedrales y las pirámides más que a los propios de una moderna economía social de mercado; por no referirnos al absoluto despropósito que, como reflejo de todo lo anterior, supone el bloqueo del proceso para constitucionalizar democráticamente la Unión y fundarla en un marco social, fiscal, de política exterior y de seguridad comunes.

Los riesgos de regresión histórica, e incluso de disolución, de la Unión Europea son tan evidentes como desastroso sería que se confirmaran. Se trata, por lo tanto, no de recrearse en ganar el premio al mejor profeta del desastre sino de acertar en la localización de las causas y en las actuaciones que impidan estructuralmente tan siniestros efectos y permitan reencontrar una senda de progreso y estabilidad sostenibles para el conjunto de la ciudadanía europea y de ésta al mundo y a la Humanidad. Veamos:

Conviene no olvidar el punto de partida: el impulso fundacional de la Unión hace más de 50 años no fue ni económico, ni mercantil, ni monetario. Nació para la paz, el progreso material y social, la defensa de las libertades y derechos humanos fundamentales de los pueblos europeos y contra la lacra endémica de las guerras que ensangrentaron y desolaron el continente tantas veces. Cuando los padres fundadores -socialdemócratas, socialcristianos, liberales de verdad- suscriben el Tratado de Roma, Europa está desgarrada por el ‘telón de acero’ y el Muro de Berlín.

Esos objetivos superiores, humanistas, democráticos por excelencia, debían alcanzarse con un instrumento coherente basado en la integración y la cooperación supranacional europeas, en un modelo de crecimiento económico y productivo cuya eficiencia iba asociada a un gran esfuerzo de redistribución social y solidaridad intergeneracional, a través de rentas salariales progresivas que garantizaran la sostenibilidad de la demanda interna como motor de impulso del proceso económico, el fortalecimiento de sistemas públicos de seguridad social, sanidad y pensiones para todos…

En síntesis, una Europa para la paz, el progreso, la libertad y la solidaridad, debía fomentar coherentemente esos valores en su proceso de construcción, tanto en el ámbito de los países fundadores y de los que progresivamente se iban incorporando, como en la proyección de la Unión hacia el conjunto de una Europa en notable medida sometida al totalitarismo y al subdesarrollo y hacia un mundo fracturado por la ‘guerra fría’.

En todo caso, desde su fundación en 1957 y durante tres largas décadas, la Unión Europea cumplió a satisfacción sus objetivos, asegurando el más largo período de paz, progreso y desarrollo económico, social y democrático que se haya conocido nunca en el continente, constituyéndose así en un paradigma válido y envidiado en cualquier latitud del planeta. En el imaginario mundial, la UE aparece como el modelo de capitalismo con rostro humano, fuertemente determinado por el acervo socialcristiano y socialdemócrata del universo ideológico e institucional europeo, frente a la agresividad imperial del modelo USA y la dramática esterilidad del «socialismo real» de la URSS.

En este brevísimo pasaje por las primeras décadas de la Unión y por lo sorprendente de su desarrollo y resultados, sería deshonesto no referirse al aporte decisivo que hicieron a ese milagro europeo decenas y decenas de millones de emigrantes, de otros países europeos o del mundo árabe y africano. Aporte para el desarrollo de la Unión pero también para otros países notablemente menos desarrollados que empezaron a crecer a partir de exportar su desempleo y recibir a cambio substanciosas remesas económicas en valores monetarios de verdad. España sería un excelente ejemplo de cómo la Unión Europea creció e hizo crecer espectacularmente a otros a través del mecanismo de la emigración-inmigración. ¿Cuándo y por qué se tuerce la tendencia y en el cielo de la Unión empiezan a instalarse nubarrones de augurio más que preocupante?.

C on la caída del Muro de Berlín y de la Unión Soviética y el final de la ‘guerra fría’, irrumpe un orden mundial supuestamente unipolar, liderado íntegramente por los Estados Unidos, y el fantasma de un capitalismo financierista y especulativo, salvaje en suma, fundado en una ideología ultraliberal, recorre el planeta. Es la famosa globalización que sublima el mercado y el lucro privado a toda costa y que, en razón de su supranacionalidad y a caballo de tecnologías de la comunicación nunca conocidas antes y de mercados financieros operando las 24 horas sin pausa, escapa a todo control o regulación socio-política democrática. Los sueños de paz, libertad y progreso que se nos prometían hace casi 30 años en los albores de esta globalización, son la pesadilla hoy de un mundo más injusto, inseguro, violento, exhausto en sus recursos, amenazado en su propia viabilidad climática, abarrotado de perdedores sin presente ni futuro.

(II) – AIRES DE DESINTEGRACION

D E toda esa argamasa dramática se compone la crisis actual, el primer gran crujido de esta globalización, y ojala que el último, cuya gravedad estriba justamente en que son tan incontrolables e imprevisibles sus causas como lo son las fórmulas para embridarla y superarla. Esta crisis es el reflejo lógico de una imagen que he utilizado hasta la saciedad: esta globalización es como un caballo enloquecido que galopa sobre el planeta; al preguntarle al jinete por el destino de ese galope compulsivo, éste responde: «no sé; pregúntenle al caballo». Obviamente, la ciudadanía de a pie somos el jinete.

Este modelo de globalización desde el primer momento desafía y presiona brutalmente sobre el modelo europeo, es decir, sobre el acervo social, productivo, redistributivo, democrático y humanista a la postre, del proyecto de Unión Europea. Esta globalización es antitética con el Estado social y democrático de derecho, con la economía social de mercado, que consagran las constituciones y las estructuras de los 15 países miembros de la Unión antes de la gran ampliación. Ante la embestida, la Unión tenía y tiene dos opciones: o plantar cara, darle velocidad al proceso de culminación constitucional, es decir, a una Unión política y democrática de verdad, con base en ella anclar con fuerza la Europa social, fiscal, medioambiental, de la seguridad y la política exterior comunes, capitalizando a fondo su fabuloso mercado interno y su poderosa moneda para mejorar la correlación de fuerzas en esta jungla global y constituirse en un referente integral de altísimo valor en los escenarios latinoamericanos y africanos, sobre todo, en la perspectiva de construir otra globalización con rostro y corazón humano, simplemente… O entregarse, vencida y desarmada, en los brazos de esta globalización renunciando con ello a ser lo que el Tratado de Roma alentó hace 51 años.

Yo creo que la primera opción se ha intentado seriamente, pero sin la suficiente voluntad política, visión histórica, grandeza y alcance de los liderazgos. Más bien ha primado la mediocridad y un ciego cortoplacismo en las sucesivas tentativas de constitucionalizar la Unión Europea. Unido a un economicismo ramplón que ha inhibido e inquietado seriamente a la ciudadanía. Amén de un irrespeto de los mandatarios a las reglas de juego preestablecidas para regular los mecanismos de refrendo o rechazo (no olvidaremos nunca la cara de estúpidos que se nos quedó en España y en otros muchos países que refrendamos el anterior proyecto constitucional cuando todo se fue al garete, sin concluir el proceso, porque en Francia una coalición tragicómica de la extrema derecha a la extrema izquierda, incluyendo la acción objetivamente delictiva por anti-democrática de algunos personajes socialistas, cosechó una triste victoria contra el proyecto constitucional… Por no referirnos al reciente referéndum irlandés y al desprecio y la arrogancia con que ha sido tratado ese electorado -más bien escaso, cierto es- por muchos jerifaltes europeos que promovieron y ampararon el cisco anterior, sin el cual es imposible comprender éste.

No quiero ni pensar qué pasará en las urnas europeas cuando vuelvan a abrirse y, sobre todo, cuántos pasarán por ellas. Nada es casual, no obstante. No es ni imaginable el bloqueo histórico que pesa sobre la Unión sin la labor de zapa y obstrucción de las élites británicas, no importa su color ideológico, en nombre de una subsidiariedad hacia los USA que viene de lejos y que no siempre fue para mal. O de una ampliación compulsiva y sin apenas cálculo ni medición de tiempos históricos de 15 a 27 países, muchos de los cuales operan con una lógica de escaso aprecio al acervo europeísta, es decir, quieren experimentar las ‘ventajas’ y los ‘milagros’ del capitalismo salvaje porque sufrieron sin cuento y sin apenas apoyo de la Europa rica y libre los horrores del comunismo salvaje.

En fín, debe haber y hay margen para la esperanza, pero desde la razón y la asunción de un diagnóstico objetivo y unas opciones coherentes con la Europa que decimos querer. Asumir que las herramientas del mercado y la moneda por sí solas, a su propio aire, como el caballo loco que ignora al jinete, diluyen y destruyen toda posibilidad de construcción de una auténtica Unión Europea, es un punto de partida imprescindible que nos lleva a una conclusión indiscutible: sin una sólida percha política, jurídica, normativa, una Constitución Europea con deliberada mayúscula, no hay donde colgar las estructuras, los instrumentos, el complejo andamiaje que asegure que varios centenares de millones de europeos convivamos y construyamos sobre una básica visión común de la historia, del mundo, de la vida; algo que es infinitamente más que competir y envilecernos en un espacio mercantil selvático. La Unión Europea que necesitamos abrochar sin más dilaciones ha de ser cerradamente simétrica con el perfil de cada uno de los países que la componen si quiere ser una síntesis impulsiva del conjunto. ¿Se imaginan a España, o Rumania, o Francia, me da igual, atascadas en una fase histórica puramente liberal, mercantil y pre-política?. ¿Por qué entonces imaginar una Unión basada en ese atasco y en exotismos como las varias velocidades o la competencia salvaje entre economías, empresas, trabajadores?

Concluyo porque no hay más remedio si bien coincidiremos en que el tema es tan apasionante como inagotable en la medida que impacta nuestras vidas reales y pequeñas en forma ineludible.

H istóricamente, las crisis en el proceso de integración de la Unión Europea se han resuelto apretando el paso hacia adelante, es decir, con más integración y a más velocidad. Tengo honestamente la impresión de que por primera vez hay en el ambiente aires de desintegración, por acción u omisión, y que los riesgos tremendos que ello entraña sólo pueden disolverse con la misma metodología y audacia que en otras etapas problemáticas: más integración, más cohesión, más solidaridad, más democracia, más vínculo entre la ciudadanía concreta y las políticas concretas, entre ésta y las instituciones decisorias… Para ello es vital un desplazamiento del centro de gravedad de la Unión hacia la ciudadanía y las instituciones europeas que directa y democráticamente emanan de ella -el Parlamento, por excelencia- y limitar el poder inmenso de unos mandatarios que aplican al proyecto europeo los mismos tics clientelistas y cortoplacistas que aplican en sus países, sin reparar en que el debilitamiento de la Unión es en mayor proporción aún el de cada uno de los países y sociedades nacionales que aspiramos a integrarla plena e irreversiblemente.

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