El saqueo “porcularizador” de la DGT

En la vida todo conlleva un proceso de aprendizaje y una posterior evolución. La dinámica existencial procede de un origen de asimilación y de otra etapa de consolidación. El proceso evolutivo no sería posible sin esas premisas de un orden disciplinado que conlleva la aprehensión de los conocimientos. En definitiva, el fin último de la experiencia es el progreso.

Sin embargo, según la Dirección General de Tráfico, si dependiera de la inepcia de unos pocos la evolución, los párvulos crecidos 50 años después seguirían encajados en los pupitres, inamovibles.

No hay peor necedad contra el sentido común que dejar en manos de teóricos, la sólida práctica de la conducción que se adquiere con el recorrido de los kilómetros y el transcurrir de los años. Los que se dicen expertos de la seguridad vial son a todas luces memos que ignoran la naturaleza esencial de la circulación por la carretera y los factores incidentales, los verdaderos, que de manera cotidiana caracterizan a la conducción. Por consiguiente no es extraño el posicionamiento despótico de la persecución sancionadora cuando los ignaros atienden las problemáticas desde los despachos, aislados del natural devenir de las circunstancias tan dispares que acontecen en la carretera.

Con la DGT puede decirse parafraseando a Churchill, que nunca tan pocos tuvieron la ocasión de dar por culo a la mayoría (con perdón). El carácter escatológico de los responsables de Tráfico da para muchas aversiones pues no son pocos los conductores que , ante la miserable política de aprensión contra la conducción, se cuestionan la salud mental de unos miserables cuya única obsesión está en forzar la distracción del conductor y mermar la capacidad adquisitiva de los usuarios de la vía.

Un majadero como Pere Navarro fue el detonante para la que, en mala hora tomó el relevo, después se manifestara de manera intolerante como desconocedora de las condiciones que afectan verdaderamente a la conducción de un vehículo. El anterior director se trasladaba con chófer infringiendo las normas que él imponía a los ciudadanos. No es de extrañar que de aquél impresentable llegara otra indocta de la práctica de la conducción, obsesionada con minimizar los daños más que de acondicionar o favorecer una normalización de la seguridad vial acorde con los tiempos modernos que vivimos.

La Guardia Civil no merece la animadversión condicional que han generado últimamente las actuaciones de persecución contra los delictuosos usuarios del volante y de las motocicletas. La criminalización del contribuyente acusa el hartazgo visceral ante los estafadores políticos.

María Seguí es una troglodita con garrota en la mano, una lerda del siglo XXI con tendencia a la “porcularización”, acaso como señal de unas carencias personales que arremeten contra la población a la que ha sometido severamente incluso bajando límites de velocidad que subyacían desde hace 50 años. Ser nadie y obtener un cargo donde demostrar que se puede ser algo, es una nefasta oportunidad para los miserables acomplejados que un día poseen el mundo para estrujarlo en su puño.

Muchos conductores nos preguntábamos, ante las medidas extrañas y demenciales que se van encontrando en carretera abierta, sobre los usos y métodos de esa especie de comité de sabios que piensa por nosotros en cómo conducirnos entre las cuatro paredes de un despacho. No tardé en comprender la clase de inútiles y gilipollas que deciden cómo obrar en aras de la seguridad vial. Me vino de la mano de una especie de “cataclismo perceptivo” que se produce a partir de 130 kms/h… todo refrendado por diversos colectivos de accidentados que seguramente ir a 30 ya les parece una temeridad. Apaga y vámonos.

El victimismo de las asociaciones de afectados de accidentes, es mal consejo para dar continuidad a una sana filosofía de conducción que ha de ser fluida y responsable sin atenerse a medidas coactivas que desconcentran a la inmensa mayoría de usuarios hasta el punto de peligrar elementalmente el sentido común. Mal asunto la colaboración de asociaciones que pretenden meter a todos en un mismo saco; el del victimismo como esencia en que se basa la seguridad y la prevención de accidentes. Si se está jodido personalmente, hay que procurar que los demás lo estén amedrentando con todo tipo de prohibiciones al ser imposible retirar los vehículos de las carreteras. Ya se sabe que mal de muchos es consuelo de tontos y aquí hay mucho tonto desconsolado.

De ahí que se base la seguridad vial en el acoso y derribo contra los que, además, están indefensos ante la Administración que ha encontrado la panacea para saquear al contribuyente con la excusa de que es por nuestro bien.

La ofensiva recaudatoria es demasiado evidente y el invento del radar se ha convertido en el comodín de los políticos que si ya han despilfarrado nuestras vidas dilapidando nuestros dineros, siguen con patente de corso, e incrementada, para seguir saqueando a destajo y sembrando el temor contra la ciudadanía bastante harta ya de esta hedionda gentuza de codicias irrefrenables.

La práctica de la conducción en carretera encuentra el sinsentido de obligaciones que los mandamases de Tráfico imponen basándose en la ignorancia y la actitud dictatorial. No cabe mayor estupidez en el destrozo que han practicado con esta María Seguí descomponiendo la razón de ser del progreso en la conducción con vehículos mucho más seguros, e ignorando problemas de mantenimiento de las carreteras que debería ser la base de una verdadera prevención.

Costaba comprender el fundamento de estos parásitos de despacho, hasta que dieron a conocer uno de esos estudios de “expertos” que convierte al método en una auténtica vergüenza ajena. Con razón dicen que nos gobiernan imbéciles.

«A partir de 130 kilómetros por hora se produce lo que los expertos denominan cataclismo perceptivo, lo que supone que el campo visual del conductor se reduzca progresivamente hasta llegar a un ángulo de tan solo 30 grados».

¿Qué clase de estúpidos tecnócratas de pacotilla son capaces de emitir semejante aberración que es propia de obtusos obsesivos, cuando no de caraduras que no merecen un ápice del sueldo que ganan manifestando sandeces de este calado?

Acabemos… Es fácil entender el porqué de la política represiva que ejerce una pandilla majadera de ignorantes que muy seguramente no sepan conducir y tengan aversión al volante o al manillar de una moto.

La DGT está coordinada por inútiles con pretextos de seguridad para arrancarnos de los bolsillos nuestros bien y costosos ganados dineros, a base de artimañas de forajidos y de sembrar el miedo cuando osamos, ya es todo un atrevimiento, conducir.

En un siguiente artículo explicaré cómo incomodar suficientemente a los protagonistas de este latrocinio con la excusa de la seguridad vial, para que se sientan de la misma manera “porcularizada” que un conductor cuando está pendiente de cualquier amenaza recaudatoria menos de concentrarse en conducir.

Bien pensado- hasta ahora había criticado los modos de tratar a los políticos-, los escraches personales empiezan a parecerme una legítima y muy democrática forma de manifestación contra elementos impresentables que han convertido en un infierno el día a día del ciudadano. Si pensaran organizarlo, con alguno de los que me acuerdo de sus madres cuando intento conducir, que me avisen. Estaré puntual.

Autor: Ignacio Fernandez Candela
Fuente: Reeditor.com

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