¿Porqué cometemos pequeñas locuras al volante?

Parafraseando a Obélix, el personaje creado por Goscinny y Uderzo, diríamos: «¡Están locos estos conductores!». Porque ¿cómo definir, sino como pequeñas locuras, acciones como liar un cigarrillo al volante o elegir una canción de la lista de reproducción del ‘smart phone’ o conversar por whatsappa 120 km/h? Por no hablar de quien lee libros o periódicos, maneja su tablet, contesta esa llamada urgente, lleva la contabilidad del negocio o toma notas soltando el volante… Y si somos conscientes de que es peligroso, ¿por qué lo hacemos?.


Según la psiquiatra Ángeles Roig, jefa del Servicio de Salud Mental del Hospital La Paz: “Todos los conductores, alguna vez cometemos esas pequeñas infracciones, por el hecho de ser humanos y no robots, todos en algún momento nos salimos de la norma, generalmente de muy bajo perfil y muy poco frecuentemente”.

El profesor de Psicopatología de la Facultad de Ciencias de la Salud de la Universidad Europea, Alberto Bellido, señala que “la conducción es un comportamiento en el que, a medida que vamos adquiriendo experiencia, somos capaces de automatizar, lo que supone que, con el tiempo, requiere de menos recursos atencionales”. Y pone el ejemplo de que cuando comenzamos a conducir apenas somos capaces de cambiar de emisora de radio al volante y que, con el tiempo, se hace sin pensar. “El problema es que esos pequeños ‘actos’, como cambiar la emisora de radio, hablar con el acompañante, mirar a los niños… son capaces de distraer nuestra atención el tiempo suficiente para sufrir un accidente”. Y no solo porque no estemos atendiendo, sino porque en esos momentos de distracción, “nuestra capacidad de respuesta estará disminuida, de modo análogo a lo que ocurre en situaciones de cansancio, sueño o incluso consumo de alcohol”.

Experiencia personal

Para Javier Roca, del Departamento de Psicología Evolutiva y Educación de la Facultad de Psicología de la Universidad de Valencia, el comportamiento está fuertemente influenciado por la experiencia directa (“las cosas que hacemos y que tienen unas consecuencias que experimentamos directamente”), por la observación (“las consecuencias que determinados actos tienen para los demás”) y por el conocimiento abstracto (“decidimos hacer, o dejar de hacer algo porque sabemos que es lo mejor, aunque no hayamos vivido ni observado sus consecuencias”).

Eva Muiño, en nombre de todo el Grupo de Tráfico e Seguridade del Colexio Oficial de Psicoloxía de Galicia, explica el modelo homeostático de Wilde: “El nivel de riesgo percibido va a depender de la evaluación que hace el conductor de los costos y beneficios como consecuencia de sus decisiones más prudentes o más arriesgadas”. Esto depende de variables económicas, sociales, culturales, políticas, educativas y personales. “Las consecuencias puramente económicas tienen mucho peso, pero también se ven influidas por valores asociados con la cultura, la presión del grupo de referencia, identificación con el rol por edad o género, además de rasgos de personalidad”.

“El problema –explica Roca– es que en el tráfico nuestra experiencia directa y las cosas que podemos observar en los demás parecen estar en contradicción con la información que nos llega de la normativa de tráfico o de las recomendaciones de seguridad”. Y pone el ejemplo de que un conductor decida circular unos pocos kilómetros por hora por encima del límite. “Seguramente su experiencia directa no le reportará ninguna consecuencia ese día. Además, es poco probable que observe a otro conductor que cometa la misma infracción y tenga un accidente”. De hecho, Roca señala que solo mirando las cifras globales, basadas en estudios de accidentalidad y lesividad, vemos que los excesos son un riesgo que se deben evitar. “Nuestra experiencia solo nos muestra una minúscula parte de la realidad y podemos pensar que el riesgo de determinados comportamientos es mínimo o inexistente. Esta disociación entre la experiencia cotidiana y la información basada en los grandes números podría explicar que algunos conductores tiendan a minimizar el riesgo de muchos comportamientos”.

Eva Muiño explica que los conductores se mueven por motivos excitatorios e inhibitorios. Los primeros llevan a tomar decisiones arriesgadas y “empujan a adoptar una conducción agresiva, veloz e infractora”, y cita entre ellos emplear el menor tiempo en un desplazamiento, adelantar en caravana, emociones derivadas de la conducción (“aquel me ha adelantado muy mal”) o ajenas a ella (divorcios, enfermedades, problemas laborales…), normas prevalentes en su grupo sociales y transmitidas a través de publicidad, películas…, exhibicionismo, autoafirmación y búsqueda y aceptación de riesgos y emociones intensas por aburrimiento o imposibilidad de alcanzar las metas en esta sociedad competitiva. “La experiencia sin consecuencias adversas –explica Muiño–, hace que se minimicen los actos de manera que las consecuencias negativas que percibimos son menores, mientras las ventajas son evidentes. Así, la exposición repetida a una acción sin castigo, pero con ventajas (me salto el semáforo y llego pronto) hace que el conductor minimice el riesgo asumido”.

Para la psicóloga Pilar Bravo, asesora de la Vocalía de Seguridad Vial del Colegio de Psicólogos de Madrid y directora del Centro Médico Psicotécnico Arenal, “ser pequeñas y cotidianas, es lo que hace peligrosas estas locuras”. Además “el accidente ocurre, afortunadamente, pocas veces y eso hace que nos confiemos en que no va a ocurrir. Y ese es realmente el peligro, que no tenemos interiorizado que existe una amenaza real si no cumplimos esas pequeñas normas”.

Publicidad y educación

Las campañas de seguridad vial son, para Pilar Bravo, “las menos efectivas a nivel publicitario: se dirigen a un amplio espectro de población, no satisfacen necesidades (‘no venden nada’) y no son populares”. “Solo existe una solución para erradicar estos malos hábitos, la educación. Y cuando esta es más eficaz, en los primeros años de vida, cuando implementar conductas es muy fácil. Y hablo de la educación vial en el ámbito familiar y en el escolar”.

En la misma línea, Eva Muiño señala que “la cuestión correctora no siempre debe venir dada por una sanción de los agentes de la autoridad, sino que la sanción cívica debería ser una de las herramientas eficaces para mejorar la ejemplaridad”. Y opina que “las medidas deben ser motivaciones, deberían minimizarse las opciones que implican mayores riesgos y maximizarse las ventajas derivadas de las acciones prudentes; a través de sistemas de incentivos, informaciones claras y adecuadas de los riesgos que conlleva una conducción arriesgada”.

Prisa y valores sociales

La psiquiatra Ángeles Roig apunta dos aspectos relacionados con la educación. El primero sobre las maneras cívicas de comportarse, “las llamadas buenas maneras, que ya no se tienen en cuenta y que posiblemente estén en relación con los valores morales que tanto han cambiado en nuestra sociedad”. La segunda es que resulta fundamental “al exigir que se cumplan todas las normas de circulación que estas se racionalicen y que no exista ninguna incumplible”; y cita como ejemplos errores en la señalización o limitaciones ‘imposibles’, como 20 km/h en carretera.

Alberto Bellido aporta una nueva perspectiva: “Vivimos pendientes del reloj, vamos rápido de un sitio a otro porque tenemos hora de entrar al trabajo, de recoger a los niños… Con un tipo de vida así, no es extraño que el coche se convierta en un lugar invadido por nuestros problemas cotidianos y nuestra obligaciones, lo que nos lleva a intentar aprovechar ese tiempo para otras cosas y no para centrarnos en la conducción”.

Fuente: Tráfico y Seguridad Vial

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